sábado, 20 de abril de 2013

El soldadito de plomo

Erase una vez un niño que celebraba su cumpleaños con una gran fiesta en el jardín de su casa con todos sus amiguitos. Jugaban, corrían, comían, veían  a los payasos y no paraban de reirse y gritar. Se estaban divirtiendo mucho. El niño de vez en cuando miraba hacia una mesa enorme que estaba debajo del gran árbol y sobre la que había una gran tarta con sus 9 velas. Y a ambos lados de ella un montón de paquetes envueltos en papeles de colores...los regalos. Como deseaba que llegase la hora de abrirlos. Su abuelo le había prometido una gran sorpresa.
Y el momento no tardó en llegar, enseguida oyó la suave voz de su madre diciendo:
- Venga niños, a comer la tarta...
Todos dejaron lo que estaban haciendo y corrieron a ponerse alrededor de la mesa. La madre había encendido la velas y el niño, pidió un deseo y apagó todas de un soplido. Mientras repartían la tarta, empezó a abrir lo regalos. Había de todo, cuentos, libros, pinturas, una cometa, el coche que le había pedido a su padre, un balón...y casi al final quitó el papel a una caja que pesaba más que las otras y cuando abrió la tapa se encontró con lo más bonito que había visto nunca. Alineados en dos filas de 12 cada una había 24 soldados de plomo pintados a mano con sus uniformes rojos y azules y todos los detalles que les daban aquel aspecto tan real. Su abuelo se acercó y le dijo sonriendo:
- Cuísalos mucho, llevan conmigo toda la vida...
El niño fue sacando los soldados uno a uno y poniéndolos de pie encima de la mesa, y de repente cogió uno que no era como los demás. Le faltaba una pierna, aunque se mantení en pie igual.
- Parece ser que se les acabó el plomo, dijo el abuelo riéndose.
Poco a poco la fiesta fué acabándose y los amigos del niño se fueron para sus casas. Sus padres metieron dentro de la casa todos los regalos y como se había hecho tarde le mandaron a la cama.
El niño se durmió y cuando dieron las doce de la noche todos los juguetes cobraron vida, los indios corrían en sus caballos, dos boxeadores se pegaban en el ring, los soldados desfilaban...todos menos uno. El soldado al que le faltaba la pierna, no podía desfilar, seguía de pie, firme mirando todo lo que hacían los demás. De repente vió a una bailarina que había salido de una caja que tocaba música y se había puesto a bailar. Era la chica más guapa que había visto nunca...Cuando ella le miró y le sonrió sintió que el corazón le daba un vuelco. Se había enamorado.
Se pasaron toda la noche hablando, contándose sus cosas. Ella también empezaba a sentir algo...Pero empezó a salir el sol y sabían que era la señal para volver a su sitio y estarse quitecitos hasta la medianoche.
Al día siguiente era fiesta así que en cuanto el niño se despertó corrió a ver sus nuevos juguetes. No sabía muy bien porque pero ese soldado al que le faltaba la pierna le gustaba especialmente. Le iba a poner a vigilar las tropas. Así que le colocó en el quicio de una ventana para que viese todo desde lo alto. Pero el niño no se dió cuenta que la ventana estaba un poco abierta y que hacía mucho viento. Al poco rato de poner allí al soldado, una ráfaga de aire abrió de golpe la ventana mandando al soldadito de un golpe a la calle. El niño bajó a buscarlo pero no lo encontró porque unos gamberros lo habían montado en un barco de papel y lo habían puesto a navegar por un riachuelo de agua que iba hacia la alcantarilla. El pobre soldado se mantenía dentro del barco como podía porque iba dando tumbos por el agua zarandeado por remolinos y trastos que se encontraba a su paso.
Oyó un ruido muy fuerte y empezó a caer por una catarata para luego llegar a un sitio donde el agua estaba en calma. Parecía un río, pero los problemas no cesaban porque el barco al ser de papel se había roto casi del todo y el soldadito  se fue hundiendo cada vez más rápido hacia el fondo.
Cuando ya pensaba que lo peor había pasado, apareció un pez enorme y se lo zampó.
Pero había un pescador en el río que había echado el anzuelo y el pez que era un tragón lo picó. A los pocos días estaba en la cocina  de la casa del niño encima de la mesa a punto de ser cocinado. Cuando la cocinera le abrió la tripa para limpiarlo, vio al soldadito entre los pececillos que se había tragado el grandullón. Enseguida lo limpió y se lo llevó al niño que se puso contentísimo de recuperar a su amigo.
Aquella noche cuando los juguetes cobraron vida, la bailarina bailó más feliz que nunca y el soldadito, que no podía creer estar de vuelta le prometió que nunca más se separarían el uno del otro.
Y colorín colorado...

1 comentario:

  1. Me gustaría mucho saber escribir para escribir cuentos infantiles

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